21/4/18

HOMBRE DE LA BRAÑA (LEÓN)


El yacimiento de La Braña Arintero en León (España), fue descubierto de forma casual en 2.006 y excavado por el arqueólogo de la Junta de Castilla y León Julio Manuel Vidal Encinas. 
La cueva, localizada en una zona fría y montañosa, con una temperatura estable, y a 1.500 metros por debajo del nivel del mar, propició la “excepcional” conservación del ADN de dos individuos descubiertos en su interior, denominados La Braña 1 y La Braña 2.

La Braña 1, hace ya 7.000 años, tenía la piel oscura, intolerancia a la lactosa, los ojos azules y era un experto cazador-recolector del Mesolítico, que vivió en lo que hoy es la provincia de León.
Su genoma, entre los más antiguos de cuantos se han recuperado hasta ahora de la Prehistoria, ha sido secuenciado por un equipo de investigadores dirigido por Carlos Lalueza-Fox del CSIC, en colaboración con el Centre for GeoGenetics de Dinamarca.
La Braña 1 es el primer genoma de un cazador-recolector europeo que la ciencia es capaz de rescatar. Y ha revelado un buen número de datos sobre un hombre en el que se mezclaban los rasgos de las poblaciones del norte y del sur de Europa.

El mesolítico es un periodo que abarca desde hace 10.000 años hasta hace 5.000, momento en que comenzó el neolítico, con sus cambios de costumbres y dieta debidos a la llegada de la agricultura y la ganadería desde el Próximo Oriente.

Con el neolítico, llegaron los carbohidratos y también toda una serie de patógenos transmitidos por los rebaños y otros animales domesticados. Eso supuso todo un desafío para el metabolismo y el sistema inmune de nuestros antepasados, que tuvieron que adaptar sus organismos a la nueva situación. Por supuesto, dicha adaptación quedó plasmada en los genes.
Entre las varias adaptaciones se encuentra, por ejemplo, la capacidad de digerir la lactosa, algo que nuestros antepasados, incluido el individuo de La Braña, no podían hacer.
Sin embargo, la mayor sorpresa fue descubrir que este individuo poseía las versiones africanas en los genes que conforman la pigmentación clara de los europeos actuales, lo que indica que tenía la piel oscura, aunque no podemos saber el tono exacto.

Todavía más sorprendente fue descubrir que poseía las variantes genéticas que producen los ojos azules en los europeos actuales, lo que resulta en un fenotipo único en un genoma que por otra parte es inequívocamente norte europeo. De hecho, el genoma sugiere que las poblaciones actuales más cercanas a La Braña 1 son precisamente, las del norte de Europa, como Suecia y Finlandia.

Además, el trabajo señala que este hombre de hace 7.000 años tiene un ancestro común con los pobladores del yacimiento del Paleolítico superior Malta, ubicado en el lago Baikal (Siberia), cuyo genoma fue recuperado hace unos meses. Estos datos indican que existe continuidad genética en las poblaciones del centro y del oeste de Euroasia -afirma Lalueza-Fox-. De hecho, estos datos coinciden con los restos arqueológicos, ya que en distintas excavaciones de Europa y Rusia, incluido el yacimiento de Malta, se han recuperado figuras antropomórficas, las llamadas Venus paleolíticas muy similares entre sí.

Según señala Iñigo Olalde, primer firmante del estudio, la intención del equipo es intentar recuperar el genoma del individuo de La Braña 2, que está peor conservado, para seguir obteniendo información sobre las características genéticas de estos primeros europeos.

Fuentes: csic - Diario de León

15/4/18

EVOLUCIÓN TERRESTRE (V)

Evolución y Azar son conceptos virtualmente sinónimos, y quizá LeGros Clark (igual que otros) había comenzado a darse cuenta de que la convergencia favorecía el desarrollo por ley y no por azar.
Está muy claro que esta convicción impulsó a Leo Berg a escribir su estudio clásico sobre la convergencia y a darle un título más preciso: “Nomogénesis: Evolución determinada por ley”.
Naturalmente, la idea de que pudiera haber alguna ley gobernando el desarrollo de las formas vivas a través de las edades no debería generar más temor que el concepto de ley en física. Pero los acontecimientos físicos del pasado no han evidenciado ningún progreso de simple a complejo, de inferior a superior, de mayor dependencia del medio ambiente a una menor dependencia del mismo, de carencia de un propósito consciente a un grado muy elevado de propósito, etc., al modo de los seres vivientes.
En este sentido hay una dirección del desarrollo de la vida que no es evidente en el mero orden físico. Y la idea de “dirección” en conformidad a una “ley”, y en una magnitud significativa en contra de la regla por otra parte universal de “degeneración” (entropía) suscita inevitablemente el espectro del propósito. Y un propósito implica a Alguien que lo tiene. Aquí es donde está el quid de la cuestión.

Berg vio que la convergencia era tan predominante que pudo escribir sin vacilación alguna:
«La convergencia, y no la divergencia, es la regla, no la excepción. Esto parece ser predominante, tanto entre las plantas como entre los animales, presentes, recientes y extintos.»
Y en la última reimpresión de su obra le encontramos diciendo:
«A partir de los ejemplos expuestos en esta sección, es evidente que la convergencia afecta a los órganos más importantes y fundamentales para la existencia, y no meramente a los rasgos externos».
«A partir de los numerosos ejemplos que se han ofrecido en este capítulo, y su número se podría multiplicar fácilmente, hemos demostrado que la convergencia afecta a los órganos más fundamentales en los animales y en las plantas, que el fenómeno está ampliamente difundido, y que los puntos de semejanza que se han atribuido a la descendencia común se deben con frecuencia a la convergencia.»

Aunque la convergencia es una doctrina demasiado peligrosa para que pueda recibir demasiado énfasis, está sin embargo admitida con bastante extensión. G. Simpson estuvo dispuesto a admitir:
En la convergencia se da la misma clase de desarrollo oportunista de un estilo de vida por parte de grupos diferentes, tratándose en este caso de grupos disimilares (o menos similares) en tipo adaptativo. La tendencia hacia una mayor semejanza de adaptación involucra características funcionales y estructurales convergentes. Los grupos pueden estar casi relacionados o puede que estén relacionados solo muy de lejos. Los insectos y las aves están tan distantemente relacionados que apenas si puede seguirse ninguna homología determinada entre sus partes, y sin embargo convergen a veces de manera muy estrecha”.

Fuente: La Convergencia y el origen del hombre por Arthur C. Custance.

28/3/18

EVOLUCIÓN TERRESTRE (IV)


Sir Wildfrid, en su contribución al coro darwinista en las publicaciones que aparecieron con motivo del Centenario de Darwin (1.958), escribió:
«Se debería hacer referencia a los fenómenos evolutivos de la convergencia y del paralelismo, porque es bien sabido que dichos fenómenos pueden llevar a semejanzas estructurales que, si se toman por sí mismas, pueden conducir a error. El término “convergencia” se aplica a la tendencia ocasional de que tipos relacionados distantes se
simulen entre sí respecto a proporciones generales o en el desarrollo de adaptaciones análogas como respuesta a unas necesidades funcionales similares.»

¿Qué sucedió durante estos aproximadamente 25 años para que los fenómenos a gran escala de los que Clark decía que “ya no deben considerarse como una curiosidad incidental” se hayan convertido en una “tendencia ocasional”?. Quizá se había hecho crecientemente claro durante los años transcurridos que la admisión de la realidad de la convergencia a gran escala era sumamente contradictoria respecto a muchos de los árboles genealógicos comúnmente exhibidos y que pretendían exponer una descendencia evolutiva lineal basándose puramente en la morfología.

Tan crucial es la morfología que el antropólogo Franz Weidenreich formuló el siguiente principio:
«Al proceder a la determinación del carácter de una forma fósil determinada y de su puesto especial en la línea de la evolución humana, solo se deberían tener en cuenta sus rasgos morfológicos como base decisoria, ni la situación del emplazamiento de donde fue recuperado, ni la naturaleza geológica del yacimiento en el que estaba sepultado tienen importancia.»
Pero, ¿qué valor tiene esta exigencia de que se ignore la evidencia geológica y que solo se considere la apariencia física?
A la luz de la posibilidad de que la estructura sea enteramente resultado de circunstancias ambientales o históricas y que no tenga nada que ver con la edad geológica, el argumento carece de toda validez.

Sir Solly Zuckerman, aunque era un evolucionista plenamente convencido, admitió abiertamente lo siguiente:
«Diversas pautas genéticas pueden tener idénticos efectos fenotípicos (de modo que) cuando tratamos con material fósil limitado o relativamente limitado, la correspondencia en rasgos morfológicos simples o en grupos de caracteres no implica necesariamente identidad y relación filética.»

Por la frase “diversas pautas genéticas”, Zuckerman se está refiriendo al hecho bien reconocido de que donde las circunstancias demandan que un animal esté equipado con algún órgano particular (por ejemplo, una clase especial de ojo), que se dará la tendencia a que aparezca este órgano aunque el animal no comparta un conjunto genético que sea responsable del mismo órgano en alguna otra especie. Así, los conjuntos o pautas de genes que difieren pueden sin embargo llevar a la producción de estructuras similares en animales no relacionados.

Wood Jones argumentó que había alguna especie de «fuerza vital» en la naturaleza que tenía como resultado el surgimiento de toda clase de estructuras especializadas en
animales que capacitaban a sus poseedores a afrontar las exigencias particulares de sus vidas. Estas estructuras, según era su convicción, podían aparecer “de la nada”, por así decirlo, en cierta manera misteriosa la Naturaleza sabe a donde va.
Al igual que Leo Berg y Sir Alister Hardy, Jones también estaba persuadido de que había poco o ningún elemento de azar en este fenómeno. En sus palabras:
«Desde la aceptación de la teoría de la Evolución propuesta por Darwin se han realizado muchos intentos, por parte de distinguidos biólogos (como Gaskill y Patten), para demostrar que los invertebrados realmente “evolucionaron” transformándose en vertebrados; pero toda la evidencia disponible deja muy claro que los dos grandes filums surgieron independientemente el uno del otro..»

Cuando los propagandistas dogmáticos de la teoría darwinista de la evolución le dijeron al gran público que algo tan complejo como un ojo había llegado a la existencia gracias a una vaga fuerza conocida como Selección Natural que había actuado sobre pequeños cambios estructurales producidos al azar, su credulidad fue llevada al extremo.
Es posible que la fe del público se hubiera derrumbado por completo si les hubieran pedido que creyesen que este proceso mecanicista al azar había producido el ojo de los vertebrados y el de los invertebrados de modo independiente en ambos casos, y más que esto, que había permitido que los invertebrados adquiriesen al menos tres clases diferentes de ojos de modo independiente, dentro de los límites de su propio filum (los ojos de foco simple, bifocal, y compuesto). No solo los ojos, sino los oídos, corazones y las branquias, y todo lo demás, se han desarrollado dos veces de forma completamente independiente en los dos grandes filums.

Continuará...

19/3/18

EVOLUCIÓN TERRESTRE (III)


Según Simpson, fundador de la teoría sintética, la radiación adaptativa es el patrón principal de la macro-evolución. Es la diversificación repentina de un grupo de organismos que comparten un antecesor común, cuya aparición es generalmente muy próxima al momento de la radiación. En muchos casos, este tipo de evolución está asociada al éxito de un grupo que posee una nueva característica denominada "característica clave", la cual posibilita la invasión de un nuevo hábitat.
En una de sus obras, G. G. Simpson, encontró necesario asegurar a sus lectores que la evolución es cierta; más aún, que es incuestionable, en This View of Life, lo repite varias veces.

Hace algunos años, Ralph Gerard hizo esta significativa declaración, que es particularmente apropiada en el presente contexto:
«Cuando nos encontramos que mantenemos una opinión que la base en que se fundamenta suscita una especie de sentimiento de que indagar acerca la misma sería absurdo, evidentemente innecesario, improductivo, malo o incluso perverso, podemos considerar que se trata de una opinión no racional, y por ello probablemente fundada sobre evidencias inadecuadas.»

Wilson Wallis escribía con tono de decepción:
«Desde los tiempos de Darwin, la idea evolucionista ha predominado las ambiciones y ha determinado los hallazgos de los antropólogos físicos, a veces para detrimento de la verdad.»
Y no cabe duda alguna acerca de que el célebre fraude de Piltdown nunca hubiera podido tener el gran éxito que tuvo excepto por el hecho de que se proporcionó a los expertos precisamente lo que algunos de ellos creían que necesitaban.
El Hombre de Piltdown era precisamente lo que los académicos habían reclamado. V. F. Calverton, en su introducción a The Making of Man, escribió:
«La simultaneidad misma con la que Darwin y Wallace dieron con la teoría de la Selección Natural y la supervivencia de los más aptos es una prueba manifiesta de la intensa actividad de esta idea en aquel tiempo. Todas las fuerzas en el ambiente económico y social jugaron su papel en el triunfo de esta doctrina.»
En este mismo sentido se manifiesta A. K. Kroeber:
«Es evidente que hubo una determinada concatenación histórica en el pensamiento del mundo que posibilitó que el descubrimiento de Darwin desencadenara unas consecuencias de tal magnitud.»
Como protesta contra este consenso de aprobación de una teoría que estaba sorprendentemente adaptada al Zeitgeist (como lo han observado muchos historiadores, entre ellos algunos recientes), varias mentes independientes emprendieron una reevaluación de la evidencia.

El príncipe Kropotkin reexaminó la comunidad de vida salvaje para ver si realmente había una “lucha por la existencia” y si solo los más aptos prevalecían.
Descubrió en la Naturaleza una dinámica muy diferente, y expuso sus descubrimientos en su obra Mutual Aid. Hasta tiempos relativamente recientes este libro estuvo inaccesible. Pero el clima de opinión parece estar cambiando, y existe ahora una nueva demanda que ha justificado su reimpresión.

De manera similar, en 1.922 Leo Berg escribió su voluminosa y erudita Nomogénesis como protesta contra el interés desmesurado por la morfología con exclusión de la función. En la actualidad quizá hubiera titulado su obra Convergencia, porque es de esto de lo que trata. Esta obra también se ha vuelto a publicar, y, cosa sorprendente, de mano del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Poco después de que apareciera la primera edición, en 1.935 Sir Wilfrid LeGros Clark estaba dispuesto a admitir:
«En la evaluación de las afinidades genéticas, las diferencias anatómicas son más importantes como evidencia negativa que las semejanzas anatómicas lo son como evidencia positiva. Se hace evidente que si esta tesis se lleva a su conclusión lógica, será necesario demandar un ámbito mucho más amplio para los fenómenos del paralelismo o de la convergencia en evolución de lo que los evolucionistas han concedido en general. La realidad es que las minuciosas y detalladas investigaciones que han realizado anatomistas comparativos en años recientes han puesto de relieve que los paralelismos en el desarrollo ha tenido lugar a gran escala y que ya no deben considerarse como una curiosidad incidental que haya tenido lugar de forma esporádica en el curso de la evolución. Lo cierto es que apenas si es posible para los no anatomistas comparativos darse cuenta de lo fundamental del papel que este fenómeno ha tenido en el proceso evolutivo».

Continuará...

14/3/18

EVOLUCIÓN TERRESTRE (II)



La convergencia es un fenómeno natural que según algunas de las autoridades más prestigiosas se dá en todos los seres vivientes, plantas o animales. Es exactamente lo contrario a la divergencia, que en realidad es otro nombre para la evolución.

Por convergencia se significa la tendencia que se observa en formas vivas no relacionadas filogenéticamente entre sí a responder a similares contingencias de la vida desarrollando estructuras semejantes. Estas estructuras incluyen no solo rasgos del esqueleto mismo sino órganos internos, órganos de los sentidos, fluidos corporales, incluso (al menos en las aves) rasgos como llamadas, coloración y hábitos de construcción de nidos. Es como si hubiera en la naturaleza algún mecanismo intrínseco por el que cualquier animal o planta, al hacer frente a un problema que se deba resolver a fin de sobrevivir, pueda desarrollar una estructura que resuelva el problema de la forma más económica y eficiente.

Pero podemos ir más allá de esto y decir que estas soluciones exhiben una notable tendencia a conformarse tan estrechamente a un patrón, dependiendo de la naturaleza del problema, que tipos de animales sumamente diferentes (placentarios y marsupiales por ejemplo), que no tienen una relación lineal por lo que atañe al pensamiento evolucionista actual, se desarrollan por separado en líneas tan similares que, si no tuviésemos otra
información en sentido contrario, nos llevarían a la errónea
suposición de que están muy estrechamente relacionados.
Por lo tanto, las alas de una mariposa y las de un ave, a pesar de tener diferente origen, cumplen la misma función debido a un proceso de evolución tipo convergente.

La convergencia es un fenómeno casi universal, este es un hecho constatado. Hay animales de los que se puede demostrar que no están relacionados y que han desarrollado estructuras o mecanismos precisamente similares y que son tan complejos que es totalmente inconcebible que puedan haber surgido puramente por accidente. Y estas convergencias no son en absoluto superficiales. Con frecuencia son de tal naturaleza que involucran a todo el animal.

Continuará...

10/3/18

EVOLUCIÓN TERRESTRE (I)


El proceso por el cual una especie evoluciona a dos o más especies con diferentes características se denomina evolución divergente.
Sucede cuando una población se aísla del resto de la especie y debido a presiones selectivas particulares, comienza a seguir un curso evolutivo diferente. Por ejemplo, el oso pardo se difundió por todo el hemisferio norte, esto ocurrió hace aproximadamente 1,5 millones de años. Durante una de las glaciaciones masivas del Pleistoceno, una población de osos pardos se separó del grupo principal y bajo la inmensa presión selectiva de un ambiente hostil, evolucionó originando al oso polar.
Los osos pardos, aunque son miembros del orden de los carnívoros y están muy relacionados con los perros, son principalmente vegetarianos y complementan su dieta, solo ocasionalmente, con peces y animales de presa. Asimismo, el oso polar es casi completamente carnívoro y se alimenta básicamente de focas. Además, el oso polar difiere físicamente de los otros osos en varios aspectos, tales como su color blanco, sus dientes de tipo carnívoro, su cabeza y hombros hidrodinámicos y las cerdas rígidas que cubren las plantas de sus pies, que aseguran aislamiento y tracción sobre el hielo resbaloso.
Por esta razón, la evolución divergente no solo puede llevar a la diferenciación de ecotipos adaptados localmente, sino que puede conducir a que una especie evolucione a dos o más especies con diferentes características.

Si por “evolución” nos referimos meramente a las variaciones observables entre animales que se sabe que pertenecen a la misma especie (variedades de perros, por ejemplo) y que bajo ciertas condiciones siguen capaces de cruzarse y producir descendencia fértil, entonces estamos hablando de un hecho. Pero esta clase de evolución no arroja luz sobre el origen de las especies en el sentido más amplio.
Hasta este punto, en tanto que la convergencia es un hecho establecido, la divergencia es meramente una teoría atractiva.

Probablemente no hay ninguna teoría que haya sido promocionada con tanto fervor, defendida tan dogmáticamente y recibida con un reconocimiento tan universal sobre unas bases tan endebles como la teoría de la evolución.
Es de sospechar que las debilidades inherentes en la actual teoría, que ya se están admitiendo en muchos lugares, explican la creciente hostilidad por parte de sus principales proponentes contra cualquier intento serio que se realice para reexaminar sus presuposiciones básicas.

Continuará...

28/2/18

LA ERA CENOZOICA


La aparición y evolución del hombre se realiza en la era Cenozoica y en el periodo Cuaternario.

Los aproximadamente 4.500 millones de años de historia de la Tierra son divididos por la Geología en unidades de tiempo basados en acontecimientos geológicos, climáticos y biológicos de gran magnitud. Estas unidades de tiempo son la eras, que están formadas por periodos, estos a su vez están constituidos por épocas.
La era Cenozoica se extiende desde 65 millones de años hasta el presente y comprende a los periodos terciario y cuaternario. El periodo cuaternario o neozoico abarca desde hace 2.588 millones de años hasta la actualidad y se divide en dos épocas geológicas (Pleistoceno y Holoceno).

El Pleistoceno, la primera y más larga época del periodo, se caracterizó por los ciclos de glaciaciones.
El Holoceno comenzó hace 12.000 años y continúa en la actualidad, es un periodo interglaciar en que el deshielo hizo subir unos 120 metros de nivel del mar, inundando grandes superficies de tierra.
Fue durante el Cuaternario cuando apareció el homo sapiens sobre la Tierra. Asimismo, se extinguieron grandes especies, tanto vegetales como animales, y fueron las aves y mamíferos los vertebrados que dominaron la tierra. Hubo un gran predominio de los mamíferos, una gran expansión del hombre y la presencia de una flora y fauna muy parecida a la actual.


19/2/18

PANGEA


En el proceso de evolución, cuando los vertebrados poblaron el ambiente terrestre, su dispersión estuvo facilitada por el acercamiento de los continentes para formar un supercontinente que se mantuvo como única masa de tierra durante toda la primera mitad de la era mesozoica que se extiende desde hace 245 a 65 millones de años, en ella los vertebrados se desarrollaron, diversificaron y conquistaron todos los ámbitos de la Tierra.

Hace 250 millones de años existía un supercontinente denominado PANGEA, este se formó al final del paleozoico. Pangea se desintegra en la segunda mitad del mesozoico, por acción de la tectónica de placas que se fraccionó formando dos continentes, uno al norte denominado Laurasia (Europa y Asia) y otro al sur llamado Gondwana (Africa y América del sur). Estos dos grandes bloques seguirían fraccionándose hasta dar lugar a los continentes actuales, aproximadamente hace 35 millones de años.

La era mesozoica se divide en 3 periodos: triásico, jurásico y cretácico. El periodo triásico se extiende desde hace aproximadamente 245 a 213 millones de años. En este periodo nacen los dinosaurios y comienzan a diversificarse. Asimismo, se marca la aparición de los primeros mamíferos verdaderos y las primeras aves. Las aves surgieron de dinosaurios carnívoros ligeros y bípedos. Los mamíferos aparecieron a partir de un grupo de reptiles desarrollados, denominados cinodontos.
Por lo tanto, en el proceso de su evolución, cuando los vertebrados poblaron el ambiente terrestre, su dispersión estuvo facilitada por el acercamiento de los continentes.
 

29/1/18

CARTOGRAFÍA CIENTÍFICA (II)

                                  El coloso de Rodas


Durante el siglo III a.C. la ciudad de Alejandría se convirtió en el centro principal del conocimiento geográfico tras la fundación de la Biblioteca de mano de la escuela de geometría euclediana, que prosperó durante el reinado de Ptolomeo Filadelfo (285-246 a.C.), a su amparo Eratóstenes de Cirene (276-196 a.C.) escribió dos libros que resultaron fundamentales: “La medida de la Tierra”, donde explicó el método para calcular la circunferencia de la Tierra basado en la geometría de la esfera, y “Geografía”, donde expuso las instrucciones para construir el mapa de la ecúmene.

Eratóstenes realizó dos grandes contribuciones: la medición de la circunferencia de la tierra, que estableció en 250.000 estadios, y la construcción de mapas terrestres con paralelos y meridianos perpendiculares, estableciendo con ello dos conceptos que a la postre han resultado básicos en la cartografía: la fidelidad de posición y la fidelidad de eje.
Su red ortogonal de coordenadas confirió a los mapas un uso científico y práctico y permitió trasladar al mapa informaciones astronómicas y otras procedentes de viajes a partir de la determinación de puntos de control establecidos mediante cálculo astronómico.
Su trabajo tuvo importantes consecuencias tales como:
1) La posibilidad de conocer por métodos geométricos el tamaño de cada paralelo.
2) La posibilidad de convertir fácilmente en estadios las medidas realizadas por métodos gnomónicos y expresadas en fracciones de círculo a partir del conocimiento de la latitud, es decir establecer la longitud.
3) El conocimiento de la posición de la ecúmene en el globo y su tamaño.

En su libro Geografía, Eratóstenes localizó la ecúmene entre la mitad norte de la distancia entre el Ecuador y el trópico de verano (12ºN en el País de la Canela, Somalia) y el Círculo Polar Ártico (66ºN, en la isla de Tule) y calculó su longitud en el meridiano de Méroe-Alejandría-Rodas en 38.000 estadios (54º), y su ancho, en el paralelo de Atenas, entre promontorio Sagrado (cabo San Vicente) y el cabo de India, en 74.000 estadios, a los que añadió 2.000 más al este y al oeste, dando 78.000 estadios para hacerlo divisible por 6, lo que equivale a una longitud de 138º. Se le atribuye la construcción de la esfera armilar con la que determinó la oblicuidad de la eclíptica.

Sin embargo, el predominio geográfico de Alejandría comenzó a declinar tras la muerte de Ptolomeo III Evergetes (282-222 a.C.), cuando muchos sabios alejandrinos emigraron a Pérgamo, Rodas y Roma, donde, al amparo de Escipión Emiliano el Africano (185/4-129 a.C.), se aglutinó el conocido como “Círculo de los Escipiones”, integrado por un núcleo de autores griegos entre los que destacó Polibio de Megalópolis (210/200-127 a.C.), y que hicieron de Roma el centro del conocimiento geográfico. Polibio, más conocido por su “Historia”, no ejerció una gran influencia en el desarrollo de la Geografía, pero contribuyó a popularizar su conocimiento en Roma. Se le conocen algunas contribuciones como la medición de la distancia entre las Columnas y el Estrecho de Mesina en 18.700 estadios y otras medidas, y su crítica a Eratóstenes por dar crédito a Piteas y llevar el límite de la ecúmene hasta Tule, proponiendo como latitud extrema boreal la de Irlanda, en 54ºN, donde se observa el cielo con las estrellas visibles desde Rodas.

Hiparco de Nicea (190-126 a.C.), pasó la mayor parte de su vida en Rodas, donde realizó observaciones astronómicas entre 161 y 126 a.C. con las que elaboró un catálogo con la posición de 850 estrellas para situar latitudes, que utilizó Ptolomeo, y que le permitió comprobar la precisión de los equinoccios comparando sus datos con otros obtenidos en Alejandría y Babilonia, descubriendo así la precesión de los equinoccios. Contribuyó a establecer los fundamentos de una geografía positiva puramente astronómica. Estableció como método para conocer la diferencia de longitud en grados la diferencia horaria en la observación comparada de los eclipses, partiendo de que cada hora equinoccial equivale a 15º, y a determinar la diferencia de longitud a partir de la observación de un eclipse lunar simultáneamente desde distintos lugares para obtener exactamente las distancias entre ambos puntos. Ratificó la idea de Piteas de que el polo es un punto en el espacio y defendió que las constelaciones se identifican por una estrella.
Utilizando el método del arco de Eratóstenes definió la latitud de las estrellas como la distancia desde el polo, y la longitud como su posición tomada en relación a los signos del zodiaco, es decir, por el grado del signo zodiacal que está en el mismo círculo meridiano de la estrella, y que se define como longitud polar. Enumeró las principales estrellas situadas sobre 24 semicírculos meridianos construidos a partir de este principio, desde un polo al otro separados por una hora equinoccial, que equivale a 15º de longitud de 700 estadios, según la medición del ecuador de Eratóstenes, que hacen los 360º. Es muy probable que estos 24 semicírculos, junto con el correspondiente número de círculos paralelos, fueran dibujados por Hiparco sobre la esfera como una retícula. De este modo resultaba más fácil para el cartógrafo determinar la posición de las estrellas y para el observador astronómico encontrar la posición de cada una de ellas.
Así, con Hiparco, el globo celeste se convirtió en una herramienta científica que podía ser utilizada para calcular el tiempo durante la noche o para calcular la duración de un eclipse lunar. Su publicación de la predicción de eclipses lunares durante seis siglos, evidenciando su regularidad, contribuyó además a quitar el miedo ancestral sobre tales eventos. Elaboró un mapa de la ecúmene que abarcaba entre los 12º34´17´´N del país de Cinamon y los 66ºN de Tule (46.200 estadios), y entre los 44º40´31´´O de promontorio Sagrado y los 75º39´18´´E de la desembocadura del Ganges, sobre el meridiano de Alejandría (en total 120º19´49´´, 70.000 estadios). Corrigió el mapa de Eratóstenes y calculó el ecuador en 277.000 estadios.

Posidonio de Apamea (135-51/50 a.C.) construyó una esfera y un planetario al estilo del realizado por Arquímedes en Rodas, y dibujó un mapa. Su amplia producción aportó dos grandes pilares al conocimiento posterior de la tierra: el descubrimiento de la posición oblicua del eje de rotación respecto al plano de la eclíptica, que explica el cambio estacional, y el reconocimiento de la existencia de una zona de carácter no climática sino astronómica, basada en el uso del gnomón. Recalculó la longitud del ecuador en 180.000 estadios, menos de ¾ del cálculo de Eratóstenes, reduciendo así la distancia cortical de un grado en el ecuador de 700 a 500 estadios, y la longitud del paralelo de Rodas en 140.000 estadios, resultando un grado de 400 estadios. Introdujo así un notable error que sin embargo, fue asumido por Marino de Tiro y Ptolomeo y que se generalizó, a partir de este, durante el Renacimiento, conduciendo a exagerar la porción de superficie ocupada por la ecúmene.

Entre mediados del siglo II a.C. y finales del siglo I d.C. la expansión territorial y comercial de Roma y las necesidades administrativas que ello conllevó, generaron una fuerte demanda de información geográfica. Inicialmente se hicieron compilaciones de los conocimientos geográficos griegos y se incorporó plenamente su tradición científica cartográfica. Pero con el tiempo se escribieron grandes síntesis descriptivas de la ecúmene, en especial de los territorios recientemente conocidos; se realizaron
expediciones militares y viajes comerciales a lugares recónditos; se obtuvieron mediciones de las nuevas tierras; y por fin, se realizaron nuevos mapas.
Roma reforzó su papel como centro del saber geográfico y aunque con Octavio Augusto y sucesores extendieron ampliamente sus dominios territoriales, lo cierto es que los comerciantes y sus actividades llegaron mucho más allá que las legiones. Se conoció la Ruta de la Seda a lo largo del camino a China y, por mar, el comercio llegó hasta las costas del mar Báltico, de la India, tras el descubrimiento del régimen de los monzones y su aprovechamiento en la navegación, y de la costa oriental del África tropical, todo lo cual propició la necesidad de elaborar un nuevo mapa romano de la ecúmene, en cuya confección resultó vital la contribución de personajes como Julio César (100 a.C-44 a.C.), Marco Vipsanio Agripa (64/63-12 a.C.) y, especialmente, Octavio Augusto (63 a.C.-14 d.C.).

En África, tras la expedición marítima realizada por Polibio (210/200-127 a.C.) en el año 146 a.C. por la costa occidental de África hasta Teón Óquema (Monte Camerún), se realizaron varias expediciones en el interior, por el Nilo, el Fezzán y Mauritania, y se tenían noticias ciertas sobre la costa oriental. En el 25 a.C. Aelius Gallus exploró el Nilo superior, y poco después Publio Petronio penetró, por orden de Augusto, hasta Napata en el 23 a.C. También Nerón ordenó explorar el Nilo con el propósito de localizar sus fuentes y estudiar la posibilidad de realizar una expedición militar sobre Etiopía. Según Séneca los expedicionarios llegaron hasta unos pantanos inmensos donde había dos rocas que manaban grandes cantidades de agua y según Plinio la expedición llegó hasta Méroe, donde se describe la existencia de algunos bosques y huellas de rinocerontes y elefantes, y que situó a 975.000 pasos desde Siene.
Según la reconstrucción realizada de la descripción de África de Plinio el Viejo, en su época se tenía conocimiento del interior del continente siguiendo el supuesto trazado del río Nilo según Juba II (40 a.C.-23/24 d.C.), que había sido explorado “solamente por su fama, de forma pacífica, sin las guerras que han hecho descubrir las demás tierras” y que, según él, discurría desde el Atlas mauritano hasta los grandes lagos y desde aquí hasta su desembocadura. En la región del Fezzán se sucedieron las expediciones a Garama.

En el 19 a.C., Lucio Cornelio Balbo penetró desde Numidia hasta Garama y tras él Junius Blaesus y Cornelio Dolabella en el 21-24 d.C., Valerio Festus en el 69 d.C. descubrió la ruta desde Leptis Magna a Garama y en el 86 d.C., Suellius o Septimius Flaccus sobrepasó Garama. Le sigue el viaje del comerciante Julio Maternus en el 90 d.C. hasta un lugar denominado Agisymba. En el interior de Mauritania, Suetonio Paulino atravesó el Atlas y llegó hasta el río Ger en el 42 d.C., y por la costa, entre el 25 y el 12 a.C., Juba II exploró, por orden de Augusto, las Islas Afortunadas (Islas Canarias). La costa oriental de África fue bien conocida hasta Cabo Delgado, en Mozambique. Diógenes, en su viaje de regreso de la India hacia Egipto, llegó hasta promontorio Rapta; Teófilo, refiere navegaciones habituales por la costa de Azania (Somalia); y Dióscoro informa de la localización de promontorio Prasum, el lugar conocido más austral de la costa oriental de África.

Extracto: El sistema geográfico de Marino de Tiro (Antonio Santana).

19/1/18

CARTOGRAFÍA CIENTÍFICA (I)


Las primeras reflexiones griegas documentadas sobre la Tierra y el firmamento se remontan al siglo VII a.C.
Según la tradición griega, Tales de Mileto (630-545 a.C.) fue el primero en dividir el cielo en cinco zonas atravesadas por un meridiano celeste de Norte a Sur, y la línea oblicua del zodíaco pasando por las tres zonas interiores, siguiendo el curso del Sol. Algunos autores piensan que fue él quien estableció la forma esférica de la Tierra y su posición central en el firmamento.

Otros autores antiguos que contribuyeron a establecer los pilares de la geografía fueron Anaximandro (610-546 a.C.) considerado el primero en realizar un mapa de la Tierra, Anaxímides de Mileto (585-524 a.C.), Pitágoras (580-495 a.C.) y Hecateo de Mileto (550-473 a.C.), al que se le atribuye la elaboración de un mapa y la primera descripción sistemática de la ecúmene.
Sin embargo, la constitución de la geografía teórica griega se retrasó hasta finales del siglo V a.C., cuando a raíz de la adopción de nuevas ideas y métodos procedentes de Babilonia y el uso sistemático de la geometría y la astronomía, se produjo una verdadera revolución científica y popular griega con la generalización de la idea de la esfericidad de la Tierra. A ello contribuyó la generalización de la lectura y de la escritura como medio de comunicación, así como el desarrollo del trabajo colectivo organizado en torno a academias y bibliotecas, según se hacía en Oriente desde hacía siglos.

Tradicionalmente se acepta que fue Eudoxo de Cnido (408-355 a.C.) quien, a principios del siglo IV a.C., estableció los fundamentos de la cartografía astronómica y terrestre griega con su teoría de las esferas geocéntricas y homocéntricas para explicar el movimiento de los planetas. Escribió dos tratados para explicar su globo celeste: “Fenómenos” donde describió los movimientos de los astros, y “Las velocidades” donde explicó los movimientos del Sol, la Luna y los planetas. No obstante, sus ideas nos han llegado fundamentalmente a través de un poema de Aratus de Solis (315-240/239 a.C.), en el que se describen las constelaciones y el Circuito de la Tierra.
Fue el primero en dibujar las estrellas sobre una esfera que representaba el firmamento, en cuyo centro situó a la Tierra reducida a la consideración de un punto, y en trazar sus trayectorias en círculos celestes: el ecuador, los trópicos, los círculos polares, la eclíptica y el zodiaco. Dibujó la franja zodiacal, constituida por los tres paralelos celestes oblicuos respecto al Ecuador terrestre que representaban la eclíptica y el zodiaco, donde localizó 43 constelaciones o más, y estableció el procedimiento para determinar la latitud del observador a partir del ángulo formado por la constelación Draco y el Norte geográfico.

Pero fue durante el reinado de Alejandro Magno (336-323 a.C.) cuando la Geografía griega experimentó un notable desarrollo con la ampliación del conocimiento de las tierras habitadas y la incorporación de las teorías geográficas egipcias, mesopotámicas e hindúes. Se produjo entonces una confluencia entre la cartografía teórica y la cartografía empírica que dio lugar a un desarrollo notable de la disciplina y que se prolongó, sin solución de continuidad, hasta época altoimperial romana. Se construyeron varios globos celestes y sistemas de esferas concéntricas, y la elaboración de mapas de la ecúmene se convirtió en una cuestión fundamental.

En este contexto inicial del desarrollo de la cartografía helénica destacó Piteas de Masalia (350 a.C.), que generalizó el uso del gnomón para medir la latitud con precisión aplicando la trigonometría, y que realizó notables contribuciones teóricas y empíricas. Por una parte, fue el primero en realizar en el mundo griego mediciones sistemáticas de la latitud durante el solsticio de invierno y en construir con sus observaciones una red de paralelos, dibujando sobre la esfera los lugares con la misma latitud, y por otra calculó la latitud de Marsella, que situó a 19º12´N desde el trópico de verano, y estableció la latitud del Círculo Polar Ártico en 66º30´N. No obstante, hay que señalar que el concepto de Círculo Polar Ártico (círculo siempre visible) era diferente al actual, y su latitud variaba en función de la latitud del lugar del observador. Se definía como el límite de las “estrellas siempre visibles” para dicha latitud y por tanto era un concepto dinámico en función de la latitud del observador.
Estableció la posición exacta del polo celeste, no como un punto identificado por una estrella concreta sino como un punto situado en el interior de un rectángulo definido por tres estrellas de luz débil definido por las estrellas Kochab y Pherkad, de la Osa Menor, y alguna estrella de la Osa Mayor.

Dicearco de Mesina (326-296 a.C.) realizó un mapa de la ecúmene que incluyó en su libro “Circuito de la Tierra” en el que incorporó, posiblemente por primera vez en la cartografía terrestre, un paralelo y un meridiano fundamentales centrados en la isla de Rodas (36ºN). El paralelo fundamental, el diafragma, denominado así por partir en dos partes la ecúmene, y el meridiano fundamental perpendicular al diafragma a la longitud de Rodas.

Continuará...